Cuatro días, cuatro ciudades y un sueño por cumplir.
Todavía no sé como resumir esto sin que suene a folleto de turismo, así que voy a intentar contarlo tal como lo viví; sin plan, con nervios y con la cámara colgada al cuello casi todo el tiempo.
Bruselas empezó con miedo, antes que con magia
No tuve un aterrizaje normal en Bruselas. Aterricé después de dar vueltas en el aire, encerrada en un avión que giraba y giraba esperando que una niebla espesa decidiera moverse. Cuando por fin empezamos a descender, todo pasó demasiado rápido. La neblina no se había ido del todo, y el descenso se sintió corto y brusco. Tocamos tierra y el miedo, con la misma rapidez que había llegado, se convirtió en emoción y ansias por salir a recorrer la ciudad.
Bruselas enamora sin pedir permiso. Es de esas ciudades donde el arte no está guardado en un museo esperando a que pagues entrada, está en la calle, en las fachadas, en cada esquina. Caminé la ciudad casi sin plan, dejándome llevar entre plazas y fachadas doradas, tomando fotos de cosas que probablemente ya fotografiaron un millón de turistas antes que yo, pero que a mí me parecían nuevas porque las estaba viendo con los ojos de la primera vez.
Hay ciudades que hay que buscarlas para entenderlas, y otras que simplemente se te entregan. Bruselas fue de las segundas. No tuve que esforzarme por encontrarle la belleza, estaba ahí, en cada esquina.
Gante no estaba en el mapa por casualidad
Hay ciudades a las que uno llega sin plan, y ciudades a las que llegas con una dirección exacta. Llevaba mucho tiempo queriendo visitar Bar Bidon, un coffee shop con esencia de templo dedicado al ciclismo, con su nombre sacado directo del argot de carrera, del bidón que un corredor agarra a mitad de etapa. Lo había visto en fotos durante años, sirviendo de inspiración para mis planes.
No fue solo turismo, fue casi una peregrinación.
Sus paredes respiran historia del pelotón, objetos que cualquier aficionado reconoce al instante. La foto de Eddy Merckx colgando al frente, fue una de esas experiencia donde la realidad no decepciona, al contrario, se siente más grande de lo que uno construyó en la cabeza.
Gante, terminó siendo de esos lugares que enamoran sin avisar; los canales, la luz reflejándose en la piedra vieja, el ritmo de la ciudad que no se parece a ningún otro sitio que conociera; las personas en bicicletas siendo dueñas de la ciudad. Me hizo sentir que estaba en un lugar diseñado para lo que mi alma quería vivir.
Brujas
Brujas ya la conocía de fotos ajenas, de esas ciudades que aparecen en todos los ‘‘top 10 de Europa’’. Y sin embargo, estar ahí fue distinto a cualquier foto que hubiera visto antes. Hay algo en caminar en sus calles empedradas, con los canales serpenteando entre casas que parecen sacadas de otra época, que ninguna imagen previa te puedo mostrar. Fue el día más ‘‘Turista Feliz’’ del viaje, sin agenda pesada, solo caminar y fotografiar, creyéndome dentro de un cuento de historia medieval.
Es una ciudad que debería estar en la lista de todo viajero. Entre Brujas y Gante, definitivamente yo preferiría volver a Gante, están a 30 minutos en tren una de otra. La próxima vez la visitaré en una ruta de bicicleta.
Liege o Lieja
El motivo real de este viaje, la razón por la que cruce el océano; la Liege-Bastogne-liege, la decana de las clásicas.
No fui como espectadora cualquiera Fui como invitada VIP del equipo Visma Lease a Bike, y eso cambio absolutamente todo. Subir al carro del equipo, sentir desde adentro el ritmo de una carrera, la tensión, los radios de comunicación yendo y viniendo, la logística invisible que el espectador de TV nunca ve; fue de esas experiencias que reordenan la manera de entender el deporte que amas.
Fotografiar a los mejores del mundo desde esa distancia, desde ese ángulo, no tiene comparación con nada que haya vivido antes con la cámara. No es solo la calidad de la imagen, es la sensación de estar documentando algo que se mueve a una velocidad que el ojo humano casi no procesa, de capturar ese instante exacto donde el esfuerzo se vuelve visible en la cara de un corredor. Volví con la tarjeta de memoria llena y con la certeza de que esas fotos son distintas a cualquier otra cosa que haya fotografiado.
Y en algún momento del día, en medio del ruido, el pelotón pasando y la adrenalina del equipo a mi alrededor, entendí algo simple; la bici me ha cambiado la vida. El ciclismo, una vez más, no me pidió currículum. Solo me pidió que apareciera con las ganas puestas donde correspondía.
Cuatro días. Cuatro ciudades completamente distintas entre sí. Y un solo hilo conductor, la sensación constante de estar viviendo un sueño.
¿Cuál ha sido el viaje que sentiste que te cambió algo, aunque no supieras explicar bien qué?